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Historias de aeropuertos o contrabando de salchichón

No aprendo, da igual las veces que viaje, los vuelos que haga, que siempre cometo los mismos errores. En el último momento no puedo evitar llevarme algo de comida “para los primeros días”. Se ve que tengo el gen ibérico muy desarrollado y no puedo alejarme de mi querido jamón.

O calculo mal y antes de cambiar de país me sobra algo que no estoy dispuesta a tirar y a la mochila que va. 

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En el aeropuerto de Sevilla, todavía feliz con mi jamón en la mochila

En estos siete meses de viaje he pasado por ocho aeropuertos. Allí he tenido el primer contacto con el país, la primera impresión, esa que te da una idea de lo que te vas a encontrar al salir.

Además, a veces me ha tocado hacer colas extra y visitar la sección de inspección secundaria, pasar bajo el arco de “algo que declarar”. Yo me imaginaba que los que pasaban por allí eran los que llevaban millones de dólares en fajos de billetes dentro de un maletín, o bolsas llenas de diamantes y piedras preciosas. Algo así como una puerta especial para contrabandistas honrados.

Pues, dependiendo del destino, también pasas si llevas un salchichón.

Aotearoa, el país de la Gran Nube Blanca, o Nueva Zelanda

Mi primer destino fue Nueva Zelanda. Después de casi tres días de viaje, con dos escalas largas, llegué medio atontada a Auckland.

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Sobrevolando Nueva Zelanda

En la tarjeta de embarque tuve que declarar que llevaba material de acampada y comida. Es decir, un salchichón y un poco de jamón. Bueno, y algo más que me da vergüenza contar aquí. Si, es una paletería, lo sé.

No sé por qué hago eso.

Ahora que no como carne dejaré de hacerlo, porque lechuga hay en todo el mundo.

Tuve que declararlo porque al ser una isla llevan cierto control de lo que entra en el país para que no amenace su ecosistema. Pero yo no lo sabía. 

Y allí estaba, abriendo mi mochila y sacando mis intimidades en forma de charcutería española, “a lo Paco Martinez Soria” y pensando:

¿Quién me mandaría a mi? Ahora me lo quitan y seguro que además me multan. Que parece que no he salido nunca de viaje. ¿Por qué se me ocurrió lo del salchichón? Parecía buena idea cuando pensé en acampar, pero ahora me gustaría que se desintegrara en mi mochila.

Claro que el concepto que tenía de inspección secundaria era algo distinto. La única experiencia de este tipo la tuve en la frontera de Méjico-Estados Unidos en Tijuana, con los policías mejicanos corruptos trabajando para Estados Unidos.

Pero eso es otra historia.

A lo que voy, que estaba yo desparramando el contenido de mi equipaje sobre una mesa y empezando a sudar cuando me sorprendió la sonrisa de la agente de aduanas. Una sonrisa de la que te enseña todos los dientes. Acompañada de un hello how are you? Where are you from?

Sin dejar de sonreír miró el salchichón y dijo algo así como, qué rico tiene que estar.

Miró las piquetas de mi tienda de campaña, que estaba sin estrenar, examinó las suelas de mis botas, también nuevas, y dijo que todo bien. Que recogiera sin prisa. La mujer me vería acelerada.

No dejó de sonreír.

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Australia

En Australia también pasé por control de equipajes. La dichosa tienda de campaña. En el papel de aduanas te preguntan si llevas material de acampada usado en los últimos días. Claro que llevaba.

Además habÍa comprado unos fiambres para hacerme un bocadillo. Tantas horas de avión y aeropuertos, y todo tan caro, tenía que comer algo.

Otra vez pensando lo mismo, que qué idiota, cómo no me lo había comido todo después de tantas horas esperando. Un vuelo cancelado, y dos retrasados dan para mucho.

Así que esta vez no lo declaré pensando en tirarlo en la primera papelera que viera. Pero no había. Ninguna, ni baños. Nada.

Iba directa al control de maletas por la dichosa tienda de campaña y con el paquete de pavo en lonchas sin declarar.

Ufff, ya está. Aquí sí que me multan o algo. Encima he puesto que no llevo comida. Que Australia no es tan idílica como Nueva Zelanda. ¿Qué hago? ¿Cambio la casilla y pongo la cruz en otro sitio? Va a ser peor entregar el papel con un tachón. Bueno, es solo pavo. Pero es Australia. ¡Ay!, no sé.

Y nada.

Le di el paquete espachurrado al que me revisó la maleta. Le dije que pensaba tirarlo y que por eso no lo declaré, que no quería meter nada de contrabando, que…

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Mini escala en Canberra por un vuelo desviado, el que cancelaron y luego se retrasó.

Y el tío cogió el paquete, lo pesó en una balanza y cambió la cruz en mi tarjeta de entrada. Sonriendo me dijo que solo era para estadísticas, que disfrutara mi estancia en Australia. Y tiró el paquete.

Mis sudores fríos se fueron poco a poco y respiré. “Nunca más”, me dije.

Aeropuerto de Bali, Indonesia

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Estaba en Asia. Otra vez Asia, la que me había enganchado dos años atrás. Notando el calor y la humedad, andando despacio por el aeropuerto de Bali.

Pensaba que aquí no me darían la dichosa tarjetita para declarar comida o posibles amenazas al equilibrio de las islas. Pero sí. Que si llevaba semillas o similar. Y me había dado por llevarme un paquete de chía, para hacerme batidos con banana y cacao. Medio kilo de semillas.

Ya lo sé, no aprendo. (Pero ese batido…ese batido es lo mejor)

Otra vez indecisa, dejé la casilla de las semillas para el final y en el último momento marqué el sí.

¿Qué iba a hacer?

Venga, ya estamos, a la inspección de maletas que voy. Bueno, al menos sé que es sólo para fines estadísticos, ¿no? Ya me voy acostumbrando a que me desestructuren la mochila, que llevo en plan tetris, cada vez que entro a un país. Y total, parece que no hay multa.

Más colas. Pero tampoco tenía prisa, era tarde y había perdido el último autobús. Tendría que coger un taxi de todas formas.

Y acercándome al mostrador con mi cara de cordero degollado, dispuesta a abrir la mochila y sacarlo todo, el que estaba allí controlando cogió el papel, no lo miró y me dijo welcome, mientras me hacía señas con la mano para que me fuera de allí.

Hala pues ya está.

Singapur

Y se ve que le cogí gusto a eso de llevar cosas semilegales en la mochila, porque dos meses más tarde volé a Singapur con un paquete de 100 chicles en la mochila. Pero esta vez no caí en que allí están prohibidos. Me acordé cuando ya estaba en el avión. Pero pensé:

Total, son unos chicles, no los voy a tirar ahora.  Además igual es un mito eso de que están prohibidos. Los meto al fondo y ya está.

Y esta vez no había casilla en la tarjeta de entrada para marcar si llevaba chicles.

Menos mal, así puedo hacerme la tonta.

Así que esta vez no hubo nada de inspecciones, no abrí la mochila. Pero tampoco hubo sonrisa. Solo eficiencia y prisa. Vaya. Creo que nunca he pasado un control de pasaportes tan rápido. Sin colas, sin tiempo a nada.

Y me fui directa al tren de Pokemon.

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Tren del aeropuerto de Singapur

La lágrima de India, Sri Lanka

El siguiente país fue Sri Lanka. Esta vez no llevaba comida ni chicles. Ni tienda de campaña porque la había enviado por correo desde Singapur.

Pero tampoco visa.

Se me había olvidado pedirla porque los últimos días en Indonesia habían sido de locos. Un culebrón con la dueña del piso que había alquilado, y además sin wifi y sin agua. Y en Singapur también una locura, no sé qué me pasó que no tuve tiempo para nada.

Así que tuve que ir al mostrador de llegada para hacer la visa allí mismo.

Aquí tampoco había sonrisa. Me entregaron la visa con desdén, con la cara de aburrimiento del que hace su trabajo pensando en otra cosa. Y con tranquilidad. Mucha tranquilidad. Todo eso entre carteles intimidantes advirtiendo de la pena de muerte por llevar drogas. Y justo después de un pasillo atestado de aparatos electrónicos de cocina que vendían allí mismo. Una gama sorprendente de hervidores de arroz, por si necesitaba uno en el último momento.

Me fui sin sonrisa. También sin abrir la maleta.

India

Luego mi llegada a Delhi.

Allí llegué cansadísima porque tuve que estar unas ocho horas esperando en el aeropuerto de Colombo, que era desde donde volaba, así que pasé la noche sin dormir. No tenía ganas para más inspecciones y evité por todos los medios llevar comida. Bueno, llevé una bolsa de frutos secos sin abrir. Solo eso.

De todas formas India, al no ser una isla no tiene esos controles tan estrictos de lo que entra por avión. En la tarjeta de entrada me preguntaron lo típico, nada de comida.

Colas interminables, caras de cansancio, gente empujando y echándome el aliento en el cogote. Eso del “espacio personal” es un esnobismo de Europa. Una hora más o menos de cola en estado medio zombie, un sello con un movimiento mecánico y fuera.

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Menos de un día en Emiratos Árabes Unidos

De allí volé a Dubai, donde tampoco tienen esos controles de semillas o suelas de botas, pero tienen otros. Fui solo para un día, una escala de 22 horas, así que el equipaje lo facturé directamente a Grecia, allí llegué sólo con una mochila pequeña.

Y con mi sonrisa de aeropuerto.

La llamo así porque siempre es la misma, como si fuera el día más feliz de mi vida pero con un toque bobalicón. Es que me encantan los aeropuertos. No me importa demasiado que se retrase el vuelo si tengo que esperar dentro del aeropuerto. Entre aviones y posibles destinos…¡Ay!

Pues mi sonrisa de aeropuerto, de oreja a oreja, me acompañaba en mi entrada a Dubai, y debió resultar sospechosa porque me pararon antes de salir para revisar todo el contenido de mi mochila. Todo todo.

Yo acostumbro a guardar las cosas en bolsitas y estas dentro de otras. Y mezclado con todo eso muchos pañuelos de papel porque tengo alergia permanente a algo.

No sé por qué no dejé de sonreír cuando la policía, mujer pequeñita pero autoritaria, sacaba todo lo que había dentro. Lo inspeccionaba de cerca con sus guantes de cirujano como si fueran pruebas.

Estaría pensando en qué maldito momento se le ocurrió inspeccionar a esa turista despistada que viajaba con la bolsa de Mary Poppins, llena de cosas minúsculas que nunca se acababan. Y todo aderezado con los eternos pañuelos de papel (servilletas robadas en bares), algunos usados. Siempre que me registran me hacen pasar vergüenza los dichosos pañuelos. Pero también pienso, ¿quién les manda meterse en mis intimidades?

Claro que no llevaba nada raro esta vez. Ni si quiera tabaco porque no fumo, pero al ver un mechero me preguntó que si fumaba, ¿buscaría droga? ¿A quién se le ocurriría llevar droga a una escala en Dubai? Claro que mi mochila estaba hecha de cáñamo, pero pone expresamente sin thc. Y si llevara droga no lo haría dentro de una mochila sospechosa.

Después de todo ese trabajazo acabó por poner una cara más amable cuando, al terminar, le dije la única palabra árabe que conozco: shukran (gracias). Pensaría, la loca esta encima me da las gracias.

¿Qué voy a hacer?

mochila
Esta es la pobre mochila que me registraban cada vez. Antes del viaje y ahora.

Vuelta a casa (casi)

Y mi llegada a Grecia fue épica. No pasó nada, pero precisamente por eso. Porque nadie me registró, nadie me preguntó, no hubo controles, ni si quiera sello en el pasaporte. Y el que me dio la bienvenida sonriendo fue el agente de aduanas. Esa mirada cercana del que no sospecha, del que te ve volver aunque nunca estuviste allí. Otra vez las mismas caras, la misma gente. Mi casa. Europa.

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2 Comments

  1. Gabi Gabi

    Que chuli!!!!! yo tambien tengo alguna aventurilla de aeropuerto que contar… jajaja vuelve pronto!!!! Un beso bonicaa

    • Silvia Silvia

      Jajajaja, sí en los aeropuertos todo es posible 😀
      Un beso!!

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